miércoles, 7 de marzo de 2012

¿Sabías qué ...? (5)


El ajedrez en la Edad Moderna

2) La escuela italiana.

Por Diego Ramos Diez
Como vimos en el anterior capítulo, al principio de la Edad Moderna, debido a la gran afición por el ajedrez que tenían los españoles desde mucho tiempo atrás, fueron los mejores del mundo. Pero debido a la decadencia general de España en el siglo XVII (léase Alatriste) los italianos recuperarían por un siglo el orgullo de ser los mejores de todo el orbe. Hay que tener en cuenta que Italia era por aquel entonces un gran centro cultural, y ya sabemos que desde la Edad Media todo caballero que se precie debía conocer nuestro juego.
A continuación repasaremos las curiosas biografías de los mejores jugadores italianos de aquel tiempo, verdaderamente sorprendentes en la mayoría de los casos.
Leonardo da Cutri ya lo conocemos por ser el vencedor de Ruy López en el torneo de magistral de El Escorial, pero de él no sabíamos que, por ejemplo media apenas metro y medio, por ello era llamado jocosamente “Il putinno”, cosa que, cómo es normal, a él no le hacía ni maldita la gracia. Pero en ajedrez las apariencias engañan y desde pequeño destacó sobre los tableros. Después de la primera visita de Ruy López a Roma, en la que derrotó a los mejores jugadores de su época, Leonardo, que por aquel entonces ya tenía una gran fama, se retiró enfadado a Nápoles y durante dos años se concentró en estudiar ajedrez y, sobre todo, las partidas de Ruy López, para tomarse la revancha la próxima vez que se enfrentara con él (ya veremos que estos “piques” son muy habituales en la Historia). Después, se tomó su particular venganza en el torneo de maestros de El Escorial dónde podríamos decir que se proclamó campeón del mundo oficioso. Aún tendría tiempo para hacer lo mismo ante la corte portuguesa, dónde venció cómodamente a los mejores jugadores de aquel país. Cómo vemos, todo un profesional.
Sin embargo, hay una anécdota poco conocida de Leonardo. Cuentan que su hermano cayó preso de los temibles piratas berberiscos y estos pidieron un gran rescate por su vida (algo parecido a lo que le sucedió a nuestro Miguel de Cervantes). Leonardo hizo entonces algo sorprendente. Embarcó el solo para Túnez, dónde tenían preso a su hermano, se presentó en la prisión dónde lo tenían encerrado y retó a una partida de ajedrez al capitán de los piratas berberiscos. A todo esto debemos recordar que no sabía nada de lucha (había sido estudiante de Derecho) y… que medía metro y medio escaso. Cómo ya dijimos, los árabes tenían una gran afición por nuestro juego, así que el capitán, después de la fanfarronada correspondiente, aceptó el duelo con el trato habitual. Si ganaba Leonardo dejaría libre a su hermano y si perdía, caería preso él también. Cómo no podía ser de otra forma, Leonardo logró el rescate de hermano.
Paolo Boi fue otro de los grandes jugadores de la época, al igual que Leonardo, participó en el Torneo de Maestros de El Escorial. Apodado “el siracusiano”, debido a su lugar de nacimiento, la bella ciudad siciliana de Siracusa. Al contrario que Leonardo, era alto, apuesto y de carácter alegre. Viajó por medio mundo y fue profesor de ajedrez del Duque de Urbino y de su Corte, cobrando por ello cuantiosos honorarios. Cuentan que un día en Roma, rodeado de grandes teólogos, estaba inmerso en una discusión teológica sobre la demostración de la existencia de Dios. En medio de grandes argumentos teológicos de los participantes, que si San Agustín por aquí, que si Santo Tomás por allá,… Paolo dijo sencillamente “Ajedrez”. Todos le miraron con curiosidad intentando averiguar que quería decir exactamente a lo que Paolo respondió, encogiéndose de hombros: “Muy sencillo señorías, al ajedrez siempre se puede jugar, haga frío o calor, lo mismo que Dios siempre está ahí, sea en el desierto o en la Laponia. Cómo a Dios, al ajedrez no se le puede ni ver ni tocar, podemos tocar las piezas, pero eso no es tocar el ajedrez, cómo tampoco tocar un crucifijo es tocar a Nuestro Señor. Al igual que todas las gentes de la creación creen en Dios a su manera todas ellas juegan al ajedrez: árabes, cristianos, hindúes… Y al igual que Dios es inabarcable para los humanos, lo mismo pasa con el ajedrez, por mucho que uno lo estudie, siempre le quedarán cosas por aprender. Es imposible que algo tan perfecto sea creación de los humanos”.
Por desgracia para Paolo, la Inquisición no se tomó muy bien sus poco ortodoxas palabras y quisieron procesarlo, menos mal que gracias a la ayuda de su amigo don Juan de Austria (medio hermano de Felipe II y vencedor de Lepanto) no lo lograron.
Otras de las muestras de la contribución italiana al ajedrez en la famosa apertura que lleva su nombre, la apertura italiana: 1) e4 – e5 2) Cf3 – Cc6 3) Ac4 , que pasa por ser una de las más versátiles de nuestro deporte.
De hecho, sus principales variantes tienen nombre italiano: El ataque fegatello (el famoso asalto con caballo sobre el peón negro de f7), la variante giuco piano (“juego tranquilo”) 4) c3. O la tranquilísima, giuoco pianíssimo 4) d3.
Al igual que debemos a los árabes palabras cómo “jaque” o “jaque mate” y a los españoles “enroque”, los italianos también contribuyeron llamando “fianchetto” (“pequeño flanco”) al enroque extremadamente sólido que se consigue tras adelantar una casilla el peón central del enroque y colocando en hueco a un alfil.