domingo, 5 de febrero de 2012

¿Sabías qué...? (3)


EL AJEDREZ EN LA ESPAÑA MEDIEVAL

Por Diego Ramos Diez
Como vimos en la anterior entrega, el ajedrez llegó a Europa traído por los árabes cuya gran afición por nuestro juego los hizo los mejores sobre el tablero. Precisamente su puerta de entrada a Europa fue la Península Ibérica, dónde los primeros cristianos en practicarlo fueron los habitantes de los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra, reinos que, una vez unidos darían lugar a lo que hoy es España.
Debido a su vecindad con los árabes del sur de la Península, los cristianos del norte llegaron a ser grandes amantes de nuestro juego. En una época en que importaba en la educación el arte de la guerra, el ideal del honor, de batirse por un rey, de luchar heroicamente en el campo de batalla… el ajedrez encajó a las mil maravillas y lo practicaron todo rey, sabio, noble o caballero que se preciara.
Precisamente, el famoso rey castellano-leonés Alfonso X El Sabio escribió el primer libro de ajedrez europeo, el famoso: “Libro de acedrex e dados e tablas”.
Existen una gran cantidad de leyendas medievales sobre el ajedrez, siempre con moraleja, sobre todo relacionadas con la siempre atrevida arrogancia (o chulería) de algunos sujetos sobre el tablero, veamos una de ellas:
Cuentan en una ocasión que el poderoso rey de Castilla y León y Emperador de las Españas Alfonso VI, señor del Cid y Conquistador de Toledo, se disponía a invadir el pequeño reino árabe de Sevilla. El canciller del Reino de Sevilla, Ben-Amar, sabía que no podía oponerse militarmente al poderío del rey cristiano, pero había sido embajador en la Corte de su enemigo y sabía de Alfonso VI dos cosas: Que era muy arrogante y que le encantaba el ajedrez. Con esto, y después de pensárselo mucho, ideó un plan para detener la invasión sobre su reino y marchó al campamento del ejército castellano-leonés, dónde solicitó audiencia con el monarca.
Delante de todos los nobles y embajadores extranjeros, presentó un gran ajedrez cómo no había otro igual, de piezas de ébano y sándalo con incrustaciones de oro, plata y piedras preciosas, tan bello que todos los presentes se quedaron maravillados, incluido Alfonso VI. Entonces el monarca invitó al árabe a jugar una partida contra él delante de toda la corte, exclamando con una gran sonrisa prepotente: “Pero debéis saber que vais a jugar contra el mejor jugador de la cristiandad” a lo que el Ben Amar aceptó encantado, pero diciéndole “Si sois capaces de ganarme, majestad, os regalaré el ajedrez, pero sólo si me concedéis lo que os pida si quien gana soy yo”. Al monarca, que no tenía rival en la Corte, se le iluminaron los ojos. Por un momento dudó, pero delante de todos los nobles y embajadores no podía echarse atrás, por si acaso preguntó cuales eran las condiciones del árabe a lo que este simplemente respondió: “Las sabréis cuando ya estemos jugando, y si no queréis aceptarlas podréis declinarlas, pero abandonando la partida. Ahora bien, si tan seguro estáis de ser el mejor…”.
Al rey le enfadó este último comentario de árabe y, temiendo que le llamasen cobarde se sentó delante del tablero y las piezas se empezaron a desplazar mientras ambos jugadores creaban amenazas, cambiaban piezas en intentaban dominar el centro, atacar el enroque contrario… En mitad de la partida, Ben-Amar tuvo un par de fallos que lo dejaron en clara desventaja y Alfonso VI empezó a sonreír cómo un lobo y a pavonearse delante de la corte. Entonces, Ben-Amar le dijo: “Verdaderamente, Majestad, sois un gran jugador, os regalaré este ajedrez y si duplicaré los tributos de mi reino hacia el vuestro si me ganáis, pero si el que os gana soy yo, retiraréis vuestro ejército de nuestras fronteras y nos concederéis una tregua”. Al rey castellano-leonés le tembló la sonrisa mientras los cortesanos empezaron a murmurar a su espalda, mientras él pensaba que, por una parte era el rey  y no podía abandonar la partida, y menos aún delante del enemigo, por otra llevaba ventaja material y su rival no parecía ser tan bueno cómo él. Finalmente, volvió a sonreír y contestó: “Así sea”.
Entonces el árabe lanzó el único alfil que le quedaba contra el enroque Alfonso VI, sacrificándolo con la captura del peón de h2 de las blancas, lo cual daba jaque al rey blanco, que estaba en su enroque placidamente. Alfonso VI, después de comprobar que el alfil no estaba protegido por ninguna otra pieza de las negras, sonrió y se dispuso a tomar el alfil con su propio rey cuando se percató de que, al moverse el alfil de su casilla inicial, éste había dejado libre el ataque de la torre enemiga sobre… ¡Su dama! Al rey cristiano le desapareció la sonrisa de la cara mientras contemplaba horrorizado el tablero. Ben-Amar, entonces le tendió la mano y le dijo, con una sonrisa: “El ajedrez os lo regalo, pero os he ganado, ahora cumplid lo prometido”. El monarca, que no podía incumplir su palabra delante de toda la Corte, reprimió su ira y estrechó la mano de Ben-Amar mientras asentía resignado con la cabeza.